miércoles, 19 de noviembre de 2014

De nuevo Cottingley




   El pequeño pueblo de Cottingley se levantó aquella mañana con la noticia de que la casita de Frances y Elsie estaba siendo restaurada.
   Al parecer alguien la había comprado a las descendientes de aquellas niñas que engañaron en su momento a medio mundo, incluyendo al célebre escritor Arthur Conan Doyle.
   Nadie sabía a qué se dedicaba el nuevo dueño, si era mujer u hombre, si venía con su familia o solo.
   Fuera como fuera, la polémica estaba servida y era la comidilla en tiendas, bares y peluquerías:
   -A mí me da igual-. Dijo uno-. Como sea periodista y empiece a hacer preguntas absurdas sobre hadas, no tendré problema alguno en mostrarle el cartel de derecho de admisión.
   Y la intriga continuó hasta que las vacaciones escolares acabaron y Kelly y Sarah se incorporaron a la escuela.
   Las niñas pronto se vieron asediadas a preguntas en su escuela y aquel mismo día, en la hora de la cena, no dejaron de hablar con su madre sobre todo lo que habían descubierto.
   Tess, encantada al verlas por primera vez en meses emocionadas con algo, les rogó, sin embargo, que no hicieran de aquello su tema central.
   -Al menos no con vuestros amigos y sus padres- añadió al ver la cara de desencanto de las pequeñas.
   -¿Por qué no?- Quisieron saber las niñas.
   -Porque a veces a la gente no le gusta que se le recuerde ciertas cosas y menos ser recordada por ellas.
   -Pero las hadas son hermosas.
   -Sí, pero hay personas a las que no les gusta. Y ahora dejemos este tema y contadme qué más habéis hecho en clase.
   Y así las dos primeras semanas transcurrieron con total tranquilidad hasta que el domingo por la mañana Kelly y Sarah decidieron investigar un poco por los alrededores y en sus correrías, las pequeñas encontraron una especie de trampilla en el suelo, en un lateral de la casa, que había pasado desapercibido para todos por hallarse cubierto de tierra y hojas secas.
   Las dos niñas tiraron de la argolla y bajaron por las escaleras que quedaron al descubierto.
   Y allí abajo encontraron un pequeño baúl de madera con la tapa abierta.
   Las pequeñas, curiosas como todas las niñas, se acercaron al baúl para descubrir en su interior varias cajas de cartón llenas de preciosos recortes de papel con forma de hadas.
   Encantadas, las niñas se llevaron las cajas al bosque y se pasaron toda la tarde jugando con ellas.
   -¿Pueden ser los recortes con los que jugaban Frances y Elsie?-Preguntó Kelly, puesto que las dos se habían informado bien de toda la historia.
   Sarah se encogió de hombros:
   -Puede ser. Deberíamos buscar un sitio digno de ellas. Encontremos un tronco hueco que pueda servir de casa de muñecas.
   Y así, al cabo de una hora, Sarah encontró un precioso tocón hueco y al ver lo que contenía, pegó un grito. Acudió enseguida Kelly y al ver a los diversos y pequeños seres que se movían constantemente, quedó maravillada. Los cuerpos no eran visibles, sino tan sólo los rostros y, de vez en cuando se dejaba ver una mano por aquí, un pie por allá, un pedacito de cuello por acullá…
   -¿Qué es esto?- Quiso saber Sarah cuando se atrevió a mirar un poco más atentamente.
   Y antes de que su hermana pudiera contestar, las figuras abrieron sus bocas y contestaron a la vez:
   -¿Por qué preguntáis si ya lo sabéis?
   -¡Son hadas!- exclamó Kelly.
   -Nunca las habría imaginado así- susurró Sarah-. Parecen pequeños fantasmas.
   -Somos espíritus de la naturaleza.
   -¿Queréis jugar con nosotras?
   -Claro- dijeron las voces, que sonaron con cierto deje metálico como si el repicar de una campanilla muriera a lo lejos.
   Así pasaron toda la tarde jugando y en el crepúsculo las niñas se despidieron de ellas.
   Aquella noche, durante la cena, no hubo otra conversación más que las hadas hasta que Tess zanjó el tema de manera tajante:
   -Ya está bien, niñas. No quiero que vayáis diciendo por ahí que estáis viendo hadas. Tal vez no os hayáis dado cuenta, pero desde que nos hemos venido a vivir aquí, la gente murmura sobre nosotras, nos mira raro y lo que menos necesitamos es darles motivos para seguir chismorreando.
   -Pero las hemos visto, mamá. Frances y Elsie tenían razón.
   -Se acabó. Si vais a seguir con lo mismo, podéis ir a la cama.
   Sin embargo, al día siguiente, las niñas volvieron a jugar con las hadas.
   -¿No sería genial que mamá pudiera verlas? Así no dudaría de nosotras.
   -Podríamos tratar de fotografiarlas, como hicieron Elsie y Frances.
   Y así las dos hermanas fueron por sus cámaras digitales y tomaron infinidad de fotos de las que tan sólo consiguieron un par de ellas donde se veían pequeños rostros mimetizados con el entorno o incluso con el aire.
   -Esto no es suficiente, Kelly. Hay que ampliarlas mucho para verlas y terminan distorsionadas.
   -Yo creo que están muy bien.
   -Piensa como un adulto, por favor. Nos dirán que esas caras y figuras son pétalos de flores y hojas secas que pueden dar la impresión de formar figuras.
   Kelly entonces se sentó en el suelo con los codos apoyados sobre las rodillas.
   -Quizás por eso Elsie y Frances tuvieron que hacer sus propias hadas en papel. Porque quizás sea así la única forma que tienen los adultos de verlas.
   -Pues entonces tendremos que hacer nuestras propias hadas- dijo Sarah.
   Y durante las semanas siguientes, Kelly se dedicó a buscar y recoger raíces y pequeños troncos y Sarah a tallarlos, actividad en la que era realmente buena.
   Luego, poniendo las pequeñas raíces y tocones en sitios estratégicos, tomaron fotos y, hasta en algunas de ellas, aparecía el rostro sonriente de algún pequeño espíritu, divertido ante el hecho de verse reflejado en la madera.
   -Si queréis jugar a esto, debéis sernos fieles hasta el final-. Les dijeron las hadas-. No hacerlo, significaría no volver a vernos. Poder tomar estas formas nos roba mucha energía y lo menos que podéis hacer es ser agradecidas.
   -Jamás os traicionaríamos- respondieron las niñas.
   -Muchos niños han sido los que nos han hecho la misma promesa, pero al crecer nos niegan por vergüenza o miedo.
   Kelly y Sarah volvieron a prometer que ellas jamás harían aquello.
   Un mes más tarde, las dos niñas desplegaban en el ordenador, ante toda la clase, aprovechando un trabajo del colegio, toda la galería de fotos.
   Al día siguiente, junto con los suspensos, a Tess le llegó una carta de la profesora de sus hijas.
   -Habéis sobrepasado los límites-, las amonestó Tess en cuanto Kelly y Sarah regresaron de la escuela-. Os dije que no quería oír hablar de este tema.
   -Pero, mamá… mira las fotos. Las hadas…
   -¡Las hadas no existen! Acabaré con esto ahora mismo.
   Y aquella misma noche tiró las cámaras a la basura, sin darse cuenta que el periodista de un periódico sensacionalista, que hacía meses que andaba tras la noticia de la familia que ocupaba la casa de Frances y Elsie, rescataba las cámaras.
   Tres días más tarde, la casa se hallaba asediada por los periodistas y fotógrafos y llegó un momento que ante la imposibilidad de hacer vida normal, Tess reunió a sus hijas y les comunicó que harían una rueda de prensa donde enseñarían sus pequeñas tallas de madera y dirían ante todo el mundo que todo había sido una broma pesada.
   Sin embargo, Kelly no pudo soportar la presión y las lágrimas se le saltaron cuando oyó a Sarah decir que todo había sido invención suya sin atreverse a mirar a los periodistas a los ojos.
   Cuando le llegó el turno, sin apenas poder pronunciar una palabra a causa de las lágrimas, terminó por gritar con la voz rota:
   -¡Yo sí creo en las hadas y si vosotros no las veis es porque os avergonzáis de vosotros mismos y de lo que podríais ver! Tenéis miedo a verlo, pero sólo tenéis que mirar. Está ante vosotros-. Luego se volvió hacia su hermana-. Prometiste que no las traicionarías. Lo prometiste.
   Y antes de que nadie pudiera impedirlo, salió corriendo de la casa.
   Tess salió detrás de ella, llamándola, pero Kelly no se detuvo. Corrió y corrió sin descanso y sólo paró al llegar al puentecillo de madera que cruzaba el río y que nadie utilizaba ya por hallarse en muy mal estado.
   Al mirar hacia atrás y verse perseguida por media docena de periodistas, decidió cruzarlo y justo en el centro, sintió quebrarse las tablas bajo su peso y cayó con gran estrépito al agua, cuyas bravas corrientes la arrastraron sin que nadie pudiera impedirlo.
   Dejando escapar un grito, Tess echó a correr por la orilla del río tratando de alcanzarla y cuando ya pensó que no la vería más con vida, ocurrió algo: de repente, las briznas de hierba comenzaron a moverse como si una mano invisible las acariciara, trenzándose entre sí y dibujando diminutos rostros espectrales. Manitas fantasmales doblaron los tallos de los juncos con el movimiento del balanceo en la brisa. Pero no había brisa. El tiempo parecía haberse detenido: las nubes se hallaban inmóviles en el cielo y las aguas del río parecían haberse petrificado, a pesar de que Kelly seguían ahogándose, arrastrada a las profundidades por una fuerza invisible. Los insectos se habían detenido en pleno vuelo y lo único que se movían eran los juncos.
   Uno de los rostros y las manitas fantasmas doblaron los juncos con tan buena fortuna, que la pequeña pudo alcanzarlos y allí quedó sujeta hasta que Tess acudió en su ayuda y consiguió arrastrarla a tierra firme.
   -Mamá, ¿las has visto? Las hadas me salvaron.- Tosió Kelly entre los brazos de su madre.
   Tess no acertó a articular palabra, pero días más tarde, ante un pelotón de periodistas, declaró:
   -Mis hijas no han mentido. Cottingley está más vivo que nunca y las hadas existen. Investigad las fotos a fondo. No vemos lo que no queremos ver.
   Una semana más tarde, Tess empaquetaba sus cosas y ella y sus hijas se marcharon de allí.
   Durante toda su vida, Kelly y Sarah se vieron requeridas para entrevistas y, a pesar de ser tratadas como mentirosas y hasta perder trabajos por esta causa, jamás se desdijeron. En una de aquellas entrevistas, Sarah comentó:
   -Aunque la mayoría de las fotos están trucadas, algunas muestran hadas reales y nosotras vimos hadas. Kelly sigue viéndolas. Yo perdí ese privilegio al renegar de ellas.
   Hasta el final de su vida, Kelly guardó aquel viejo periódico cuyo titular rezaba:
   “De nuevo Cottingley”.

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